El pasado jueves, 18 de junio, nuestra Directora General, María José Castejón Giner, impartió una conferencia en la parroquia del Perpetuo Socorro de Zaragoza, a petición de la Cofradía de la Institución de la Sagrada Eucaristía, presente en dicha comunidad parroquial.
Más que una exposición teológica, la conferencia fue una experiencia de fe compartida. Desde el primer saludo, su palabra se situó en un lugar profundamente humano: el agradecimiento, la comunión y la conciencia de que “la Eucaristía está en la calle”, como ella misma recordó con emoción.
María José nos invitó a mirar el Evangelio con ojos nuevos: no solo para recordar nombres, sino para reconocer cómo Jesús dignificó a las mujeres, las llamó por su nombre y las hizo parte esencial del camino. Recordó que “la geografía del discipulado original era mucho más amplia y audaz”, y que en esa amplitud las mujeres fueron presencia fiel, silenciosa y valiente.
Con una sensibilidad muy propia de nuestro carisma, subrayó que la misión de la mujer nace al salir del Cenáculo, cuando la vida eucarística se convierte en reconciliación, perdón y cuidado. Afirmó con fuerza que la vocación laical femenina no compite, sino que expande la misión de la Iglesia, llevando el altar a las plazas, a los hogares, al trabajo y a la fragilidad del mundo.
A través de la Samaritana, María de Betania, Marta y María Magdalena, nos mostró cómo Jesús formó discípulas desde la intimidad, la escucha, la fe madura y el envío. Cada una de ellas revela un modo distinto de amar y anunciar; cada una es un espejo donde hoy podemos mirarnos.
Con palabras muy hondas, recordó que el Cenáculo es el espacio donde la Iglesia “nace de rodillas, no de estrategias”. Allí aprendemos a lavar los pies, a sostener la vulnerabilidad del otro y a dejarnos transformar por el Espíritu que se derrama sobre “hijos e hijas… siervos y siervas”.
Nombró a Febe, Priscila, Junia y Lidia como pilares de la Iglesia naciente: mujeres que acogieron, enseñaron, acompañaron y abrieron sus casas para que el Evangelio encontrara un lugar donde hacerse vida.
Recordó también episodios de la historia en los que las mujeres cristianas fueron las primeras en permanecer junto al sufriente, especialmente en tiempos de epidemias. Evangelizaban sin discursos: con sus manos, su presencia y su compasión.
La conferencia culminó con una llamada profunda: convertir nuestros hogares y comunidades en Cenáculos vivos, donde se acoge, se perdona y se comparte. Y desde ahí, mirar a María, la primera discípula, cuyo “sí” hizo posible que Dios entrara en el mundo. Recordó con ternura que “el Cuerpo de Cristo llevaba el ADN de María”, y que en ella descubrimos la raíz de toda maternidad espiritual.
Finalmente, dedicó sus últimas palabras a las mujeres presentes, invitándonos a volver siempre al primer encuentro con Jesús, a reconocer las heridas sanadas y a vivir nuestra vocación —laical, consagrada, familiar o profesional— como misión.







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