Como Sacerdote era un hombre apasionado por el Sacerdocio de Jesucristo, en todo veía Sacerdocio. A toda la humanidad la veía sostenida en la mediación constante de Jesucristo ante el Padre, y a toda la humanidad había que gritar que estaba invitada al gran banquete de la Eucaristía, a la gran fiesta del perdón, en Jesucristo estábamos salvados. Su “celo apostólico” partía de este convencimiento y del “dolor” de que a tantos no llegara la Buena Noticia de Jesús.
De su celo apostólico, de sus deseos de evangelización a todas las gentes, le brota la gran pasión por los sacerdotes. Como buen Operario, participa de la gran intuición de Mosén Sol de que “la formación de los sacerdotes es la llave de la cosecha”, la misión de la Iglesia necesita “buenos y santos sacerdotes” que anuncien el Evangelio a todos, que sepan acompañar las comunidades y hagan surgir vocaciones y carismas en su seno, que animen con la entrega de sus vidas la acción apostólica para que este mundo sea más justo, más humano y toda realidad dé gloria a Dios. Los años dedicados en los Seminarios le hacen sensible a la “persona del sacerdote”, el cual no está exento de las realidades que todo ser humano vive. Su vida fue una entrega constante, llena de ternura, de corazón, para acompañar a la persona del Sacerdote. Su ministerio tenía que irradiar la misericordia de Jesucristo; ¿cómo hacer para que esto fuese posible?.
A lo largo de su etapa como fundador, llega a una maravillosa síntesis que hemos recibido como herencia “las Siervas”, capaz de llenar de sentido muchas vidas. Participa de toda la corriente eclesial sobre la vocación y misión de los laicos en la Iglesia. Su deseo de llegar a todos los lugares con el mensaje del Evangelio le hace concebir el Instituto formado por “laicas consagradas que viven el Sacerdocio de Jesucristo”. Vivir en corresponsabilidad la misión de la Iglesia para penetrar tantos y tantos ambientes donde “no pueden llegar” los Sacerdotes. Como cauce crea, por tanto, un “Instituto Secular” para transformar las estructuras desde dentro: el mundo del trabajo y profesional, el mundo de la familia, de los ambientes de los barrios, participando activamente y animando las comunidades parroquiales, favoreciendo el ejercicio del ministerio del Sacerdote, llevando al seno de la Iglesia las inquietudes, dudas, sufrimientos de nuestra gente, denunciando el pecado estructural, trabajando para que toda persona sea dignificada y descubra la comunidad convocada por Jesús. “Hombres nuevos creadores de la historia, constructores de nueva humanidad”, era su canción preferida.
Nos dejó la gran herencia de compartir con nosotras su sensibilidad por la persona del Sacerdote, nos ayudó a descubrir su parte más humana, a entender las crisis, a aceptar los caracteres, a saber acompañar las necesidades más primarias y la mejor manera era y es mirarnos a nosotras mismas, que “llevamos un gran tesoro en vasijas de barro”. Abrió caminos para que, desde nuestra creatividad, hondura, y sensibilidad de mujeres, supiéramos "estar" fijándonos en María, las mujeres del Evangelio (Mc 14), Santa Teresa de Jesús, Santa Catalina de Siena.
Para profundizar en su persona, podemos leer la Biografía del Siervo de Dios Juan Sánchez Hernández, Fundador del Instituto Secular Femenino Siervas Seglares de Jesucristo Sacerdote, por María Concepción Martínez Mainar.