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¿Quieres conocer si eres oveja de Jesucristo? - Instituto Secular Siervas Seglares de Jesucristo Sacerdote
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¿Quieres conocer si eres oveja de Jesucristo?



¿QUIERES CONOCER SI ERES OVEJA DE JESUCRISTO?

María Jesús Fernández Cordero

SAN JUAN DE ÁVILA, Sermón 15. ¡Dichosas ovejas que tienen tal Pastor! Miércoles de la semana de Pasión, en Obras Completas, t. III: Sermones. BAC, Madrid 2002, 207-219.

 

Presentación

El texto que ofrecemos para orar puede ayudarnos a vivir la Cuaresma como tiempo de conversión, para prepararnos a la celebración de la pasión, muerte y resurrección de Cristo. Se trata de un sermón, un texto que procede de la predicación oral, y, por tanto, hemos de situarnos como destinatarios de la misma: escuchando en nuestro interior palabras que un día fueron pronunciadas por Ávila ante un auditorio abierto, formado por gentes muy diversas, a las que deseaba conducir al encuentro personal con Cristo. El estilo con que el Maestro predica, muy vivo, sencillo y dialogal, permite captar una de las notas esenciales de la predicación cristiana: su sacramentalidad. En efecto, la predicación cristiana es una mediación para la escucha de la palabra de Dios, y el predicador ha de ser mediador de la presencia de Cristo. Sus palabras, por tanto, pueden ponernos ante esa presencia y ayudarnos a entablar diálogo con Él, ayudarnos a orar.

El Sermón 15 comienza con un pequeño exordio o introducción que nos llama la atención y contiene la cita evangélica que luego comentará:

“¡Cristianos! Ovejas sois de Jesucristo, y Él es vuestro pastor. ¡Oh dichosas ovejas que tienen tal pastor! Mis ovejas -dice el Señor- oyen mi voz; y yo las conozco y ellas me siguen a mí, y yo les daré la vida eterna, y no perecerán para siempre jamás, y no habrá nadie tan poderoso que me las arrebate de mi mano (Jn 10,27-28)”.

El desarrollo del sermón nos permite hacer con él un itinerario de oración. El punto de partida es tomar conciencia de que Cristo nos ha escogido, para ser Él nuestro pastor, para ser nosotros sus ovejas. Nos eligió antes de la creación del mundo (Ef 1,4), por tanto, no por nuestros merecimientos, sino “por su propia gracia, porque Él así lo quiso, escogernos y criarnos para ovejas suyas”. En esta elección radica nuestra vocación a ser de Cristo. Ávila nos invita a contemplarlo, admirarnos y agradecerlo.

Esta vocación a ser de Cristo (sus ovejas) se tiene que realizar en nuestra vida, en nuestra historia concreta. De ahí que debamos mirar si es así:

Pues que tal pastor tenemos, pues él así nos ha escogido, pues nos ha querido para sí, y se ha hecho guarda nuestra, ¿quién no mirará si es oveja que anda debajo de su mano, quién no mirará si es de su rebaño, quién no mirará en qué dehesa pace y qué hierba pace y si hace lo que la buena oveja con su pastor hace? Pues para que conozcamos si somos ovejas suyas, para que podamos fácilmente, si viéremos que vamos fuera de camino o fuera de manada, tornar al pastor que nos anda buscando, diremos las condiciones de la buena oveja, diremos lo que la buena oveja ha de hacer para que el pastor la conozca.

Para que estas condiciones no se atribuyan al predicador, Ávila va desgranando lo que Jesucristo mismo dice en Jn 10.

Mis ovejas oyen mi voz (Jn 10,27). Ávila nos invita a preguntarnos si hemos oído su voz, porque la oveja, aunque esté paciendo con gusto la hierba, cuando oye la voz del pastor, “viene luego y lo deja todo”. Este acudir a la voz del pastor es la señal de haberle oído. Comencemos, pues, a mirar si somos de su rebaño, mirando si dejamos lo que nos impide seguir su voz. El fragmento escogido comienza con unos ejemplos claros de examen: contrastar nuestra vida con “su voz”, con lo que él dice. Después, trazará un itinerario de seguimiento: dejar nuestros pastos donde apacentamos nuestras pasiones, y caminar por las sendas por las que él nos guía.

Para hacer silencio repetimos despacio en nuestro interior:
El Señor es mi pastor, nada me falta (Salmo 23)

Texto

Mis ovejas, dice el Señor, oyen mi voz. ¿Pensáis que sois ovejas de Dios no oyendo a Dios? Os vengáis por una parte, estáis en vuestras enemistades, y por otra parte decís: recemos un poco. No sois ovejas de Dios, andáis de un rebaño en otro, no oiréis la voz del Señor, y no la oyendo, no sois de Él. […] Amar a vuestros enemigos, amar y querer bien a quien os quiere mal (Mt 5,44; Lc 6,27ss), esto es ser oveja de Jesucristo. ¿Quieres conocer si eres oveja de Jesucristo? Pues mira si te duele perdonar a tu prójimo, y oyendo que dice Dios: “¡Perdona!”, sí perdonas. […]

Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco. […] Oyen mi palabra, ellas pacen en mi dehesa y comen de mi hierba, conózcolas, guárdolas yo. Y síguenme. Porque donde voy yo van ellas; adonde estoy yo están ellas; no me pierden paso las buenas ovejas. Las que conocen a su pastor, de cualquier manera siguen a su pastor; va el pastor por breñales y espinas, y va la oveja coja, y aquí se deja el pedazo de la lana, acullá se rompe el pellejo, y como puede, cansada como está, siempre sigue a su pastor. ¡Oh pastor bendito, y cómo curáis vos la ovejita coja y cansada, cómo volvéis por el cristiano que os va siguiendo y va cansado y sudando y, como puede, no deja de seguir vuestros pasos! ¡Cómo y con qué amor volvéis vos a él y tomáis a cuestas sus trabajos, y le ayudáis a pasar el camino, y le ponéis miera adonde la ha menester, como buen pastor! […] Seguid a Jesucristo, mirad las pisadas del pastor. No quieras dejar a tu pastor por el mal paso e irte tú por el bueno y por las plazas anchas. […] Hallólos en lugar espantoso y en lugar solo (cf. Dt 32,10) ¿No andáis con vuestro pastor? ¿No seguís a Jesucristo? Andáis en lugar solo y lleno de terror. Halló las ovejas que no eran suyas en lugar lleno de temor. […]

El que quisiere ser mi oveja, el que quisiere ser mío, niéguese a sí, no piense en sí, no quiera lo que el Señor no quiere. […] Seguís sus pisadas por el llano; amáis sus misericordias, holgáis con los consuelos; y porque se os mete por las espinas, dejáis a Jesucristo; porque os pone en una tribulación, porque se os esconde para conocer quién sois sin Él, decís luego: “Háseme escondido, ya no me quiere, ya no me consuela”; perdéis luego el rastro; luego decís que os castiga, que os ha quitado la gracia. No así, no. […] Entrad en las espinas, aunque pensáis que os habéis de espinar, que ahí hallaréis al Señor; entrad en los trabajos, que se ha metido para que le busquéis; entrad en los trabajos, entrad en vencer la carne, en desechar al demonio; entrad en la carne, que, si entráis, tened por cierto que ahí se entró, pensad que ahí lo hallaréis.

“Si vienes tras mí, ven sin ti. No pienses en ti; haz cuenta que no eres”. No tengas en nada espinarte, que ahí está el Señor. ¿Qué fuera de ti, cristiano, si Jesucristo dijera: “Quiero ir a salvar el mundo por lo llano, pero si hay espinas no quiero”? ¿Qué fuera de ti? ¿Qué hicieras tú si Dios no se pusiera contra todo el mundo y se entrara rascuñado por las espinas y trabajos que pasó? ¿Qué fuera de ti si Él no quisiera pasar trabajos y si, habiendo llegado al paso de la muerte, no dijera: Hágase, Padre, como tú quieres y no como yo quiero (Lc 22,42); y si no quisiera que le espinara la espina de la pobreza, de la paciencia y de la caridad que, con todo cuanto pasaba, tenía para perdonarlos? ¿Y sabéis a cuánto llegó? Que lo coronaron de espinas, lo azotaron, lo escupieron, lo mofaron y le hirieron mil injusticias que no se pueden escribir ni contar, y al fin no pararon hasta ponerlo en la cruz. Pero si Jesucristo dijera, como tú, que no se quisiera meter por espinas, ¿qué fuera de ti? Y si por ti se metió el Señor de los señores por tan grandes trabajos, ¿qué mucho que tú te metas siquiera por alguno de ellos? Síguele y conocerás que eres su oveja. […]

Mis ovejas me siguen; yo les doy la vida eterna y no perecerán para siempre (cf. Jn 10,27-28). No penséis, ovejitas, que os quedaréis así. Seguidme, que no andaréis desconsoladas. Yo daré –dice el Señor- a mis ovejas la vida eterna. […] En mi divinidad, en aquella infinita bondad, en la infinita luz, allí las apacentaré yo, allí les daré yo el manjar de vida, allí gozarán de mí, allí pacerán en aquella fertilidad de aguas, en aquellos suavísimos ríos que corren agua de infinita bondad y suavidad, allí las recrearé yo. […]

Lleguemos al Señor; bebamos de su fuente; apacentémonos en sus prados; amémosle. Sacaréis aguas que beber de las fuentes del Salvador, dice Isaías (cf. Is 12,3). Refrescaréis vuestras llagas; lavaréis lo podrido; beberéis de aquella agua suavísima que da vida; y si os halláredes fatigados, tiene Dios unos montes muy altos, que da el sol en el lado de ellos, y de la otra parte hace sombra y frescura. Sentaos a la sombra. […]. Da en aquellos montes el sol de justicia, y por la otra parte hace sombra el sol de misericordia. Miraré al Cordero sin mancilla, miraré aquel Dios omnipotente, que por nosotros, sin deber nada, quiso ser azotado y escarnecido, y sobre todos sus trabajos y angustias, crucificado. Me sentaré yo a esta sombra. Miraré las frescuras de ella; miraré las esperanzas y consuelos que hay en ella para pasar mi camino y refrigerando mis llagas, rociando mis pasiones, consolándome con el desconsuelo que por mí el Señor pasó, y mirando que mi pastor, sólo por sacar mi ánima de entre la espinas, porque no me espinase, quiso Él entrar en ellas y espinarse.

Debajo de la sombra me asentaré y allí descansaré para ir tras mi pastor.

Comentario

La belleza de este fragmento para orar con él reside en el itinerario que nos propone: un camino de conversión que mira a la Pascua, que va desde dejar el pecado hasta gozar ya, anticipadamente, de la vida de Dios, la vida eterna. El seguimiento requiere fidelidad y audacia, obediencia y entrega.

La primera condición de la buena oveja es oír la voz del pastor. Y oírla es acogerla positivamente. Por eso es necesario discernir nuestra vida con la Palabra. No seremos ovejas que oyen su voz si pretendemos mantener unas prácticas religiosas al tiempo que albergamos un corazón ajeno a la voluntad de Dios: Este pueblo me alaba con la boca y me honra con los labios, mientras su corazón está lejos de mí (Is 29,13). El perdón y el amor a los enemigos son ejemplos para esta revisión en clave de conversión: oír su voz y dejar, como ovejas suyas, nuestros pastizales para ir tras Él, dejar lo que alimenta nuestras pasiones y gustos para que sea él quien nos dé el verdadero alimento.

Los siguientes párrafos se refieren a las dificultades del seguimiento. Juan de Ávila nos introduce en la revisión personal contrastando actitudes: la buena oveja seguirá a su pastor aunque se deje jirones de lana; por el contrario, los que le abandonan y andan solos acaban por entrar en lugares solitarios, espantosos (imagen bíblica del hombre sin Dios).

La dificultad esencial para ser verdadera y buena oveja de Jesucristo está en aceptar seguirle cuando el camino deja de ser llano (consuelo espiritual) y se hace estrecho y lleno de espinas (trabajos). Ávila lo dice con gran claridad y sencillez: cuando el camino se hace duro, acecha la desconfianza y la duda, e incluso se le atribuye a Dios un castigo. En lugar de abandonar el seguimiento, hay que percibir la gran lección que el Señor nos da con la tribulación: “se os esconde para conocer [=para que conozcáis] quién sois sin Él” (separados de mí no podéis hacer nada, Jn 15,5); se oculta “para que le busquéis” (oigo en mi corazón: “busca mi rostro”, Sal 27,8). Juan de Ávila suele insistir en que esto lo aprendemos sobre todo en esos momentos, que tienen la virtud de empujarnos a colgarnos de Dios, de ayudarnos a esperar sólo en Él. Es importante señalar que aquí Ávila no sólo alude a los acontecimientos (tribulación), sino también a los esfuerzos del camino de conversión, de purificación: estos son los trabajos en el sentido de que conllevan dificultad, penalidad, incluso dolor, pero hay que entrar en ellos; es “vencer la carne, desechar el demonio”, es decir, vencer la tentación, la inclinación a lo que nos aleja de Dios.

Vale la pena detenerse en el contraste que Ávila nos propone entre nuestra actitud y la de Jesucristo ante “las espinas”: ¿qué hubiera sido de nosotros si él no hubiera entrado en esos lugares? Meditar e interiorizar eso nos ayuda a adentrarnos en el misterio de nuestra salvación y en la espiritualidad de la redamatio (corresponder al amor, amar como hemos sido amados).

La perspectiva de la vida eterna es fundamental para andar este camino: es la mirada a la Pascua. Juan de Ávila no cae nunca en hacer de ella un futuro utópico que vacía el presente, ni tampoco en el otro extremo que consiste en silenciarla. Esta promesa del Señor constituye nuestra esperanza, la verdadera y gran esperanza, y con frecuencia Ávila levanta hacia ella la mirada de sus oyentes. La vida eterna aparece aquí como el cumplimiento de nuestra vocación, de la elección divina, de la llamada a ser de Dios y a vivir con Él y en Él.

Por eso, es una promesa de cuyo anticipo gozamos ya a lo largo de nuestro camino de seguimiento, en pos del Buen Pastor. ¿Dónde acudir a alimentarnos en este caminar?, ¿dónde hallamos la fuente? En el “Cordero sin mancilla”, “a la sombra de la Cruz”. Ávila dirige nuestra mirada hacia aquí, para hacernos reposar y reparar nuestras fuerzas, para poder seguir al Buen Pastor.

Palabra de Dios

Jn 10, 11-18

Yo soy el Buen Pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas; el asalariado, que no es pastor ni dueño de las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye; y el lobo las roba y las dispersa; y es que a un asalariado no le importan las ovejas. Yo soy el Buen Pastor, que conozco a las mías, y las mías me conocen, igual que el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; yo doy mi vida por las ovejas. Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a esas las tengo que traer, y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño y un solo Pastor. Por esto me ama el Padre, porque yo entrego mi vida para poder recuperarla. Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente. Tengo poder para entregarla y tengo poder para recuperarla: este mandato he recibido de mi Padre.

Itinerario de oración

Inicio mi rato de oración dedicando unos instantes a tomar conciencia de que el Señor me ha elegido desde antes de la creación del mundo. Ojalá brote en mí la admiración y la gratitud. Me ha elegido junto con otros: Él nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo (Ef 1,4). Me llama a ser de Él, oveja de su rebaño. Avivo en mí este profundo sentido de pertenencia: Todo es vuestro, vosotros de Cristo y Cristo de Dios (1 Cor 3,23).

• Mis ovejas, dice el señor, oyen mi voz. Procuro escucharle en silencio

  • ¿Qué hay en mi vida que esté en contradicción con la palabra del Señor? ¿qué es lo que aleja a mi corazón de Él?
  • Ante su llamada, ¿quiero dejar esto?, ¿estoy dispuesto?
  • Suplico al Señor que me libere, que cambie mi corazón, que me dé fuerzas para cambiar mi vida.

• Donde voy yo van ellas; adonde estoy yo están ellas: entrar en las espinas

Contemplo a Jesús “entrando en las espinas” por mí, entrando en la Pasión, abrazando la Cruz. ¿Qué sería de mí si Él hubiese rechazado este camino, y si, llegado al paso de la muerte, no hubiera dicho: Hágase, Padre, como tú quieres y no como yo quiero (Lc 22,42). Si me detengo un poco en esta pregunta, descubriré qué significa para mí la pasión y muerte de Cristo: ¿Qué le faltaría a mi vida sin este acontecimiento?, ¿cómo podría yo tener Vida y esperar en un Amor más fuerte que la muerte, que el mal y el dolor?

  • ¿Qué brota en mi corazón cuando miro el camino del Señor y las espinas por las que entró (pobreza, paciencia, caridad para perdonarnos, atravesando con todo ello el dolor y la muerte)?
  • ¿Cuál es, en esta cuaresma, el camino por el que el Señor va para que yo le siga?
  • ¿Tengo que corregir mi modo de reaccionar ante este camino?, ¿estoy dispuesto a ir tras Él?

• Mis ovejas me siguen; yo les doy la vida eterna y no perecerán para siempre

  • ¿Levanto con frecuencia la mirada hacia las promesas definitivas del Señor?
  • ¿Qué es para mí esperar en el Señor?

Nos ocurre a veces que contestamos a estas preguntas desde la doctrina sabida del cristianismo. ¿Es mi esperanza una esperanza viva? Lo sabré si me ayuda a vivir con paz y amor los trabajos y tribulaciones, si en medio de las dificultades de la vida albergo en lo profundo de mi corazón una secreta alegría fundada en el amor de Dios; ¡esto es lo que hemos de avivar con la promesa del Señor, y dejarlo aflorar pacífica y serenamente!

• Lleguemos al Señor; bebamos de su fuente

Estar simplemente, en silencio, a la sombra de la Cruz. Mirar al Señor crucificado. Contemplar su entrega, sentir su amor por mí y por todos los hombres.

Dejar que la dulzura de su amor (la dulcedumbre la llamaba Ávila) vaya sanando las heridas del camino.

“Debajo de la sombra me asentaré y allí descansaré para ir tras mi pastor”.

Oración

Salmo 23

El Señor es mi pastor, nada me falta:
en verdes praderas me hace recostar;
me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas;
me guía por el sendero justo,
por el honor de su nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo:
tu vara y tu cayado me sosiegan.

Preparas una mesa ante mí,
enfrente de mis enemigos;
me unges la cabeza con perfume,
y mi copa rebosa.
Tu bondad y tu misericordia me acompañan
todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa del Señor
por años sin término.