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Que viene Dios a nacer - Instituto Secular Siervas Seglares de Jesucristo Sacerdote
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Que viene Dios a nacer



QUE VIENE DIOS A NACER

María Jesús Fernández Cordero

SAN JUAN DE ÁVILA, Carta 67. A una señora en tiempo de Adviento, en Obras Completas, t. VI: Epistolario, BAC, Madrid 2003, 295-297.

 


Presentación

San Juan de Ávila vivía con intensidad los tiempos litúrgicos, y a través de sus cartas procuraba que también sus amigos y discípulos los vivieran. La Carta 67 está dirigida a una señora, cuya identidad no conocemos, con la intención de ayudarla a hacer el recorrido del Adviento. Comienza diciendo: “¡Cuán ocupada estará vuestra merced en este santo tiempo en aparejar posada al huésped que le ha de venir!”. La imagina como Marta y María, atendiendo a lo exterior y a lo interior para servir a Cristo. Y recoge el sentido profundo de este tiempo con las siguientes palabras:

“¡Oh bienaventurado tiempo en que se nos representa la venida de Dios en carne a morar entre nosotros, para alumbrar nuestras tinieblas y encaminar nuestros pies en la carrera de la paz (cf. Lc 1,79), y, haciéndonos hermanos suyos, gozar de una herencia con Él!”

Le recuerda que el Señor que viene fue llamado por el profeta “el Deseado de todas las gentes” (Ag 2,8), para afirmar: “y a ninguno se da si primero no le desea”. Ávila busca que su destinataria viva profundamente este deseo, porque a quien le desea, Dios “viene y no se le niega”.

Comenta este versículo del Cantar de los cantares (4,9): “¡Heriste mi corazón, hermana mía, esposa; heriste mi corazón en uno de tus ojos y en un cabello de tu cabeza!”; la mirada de uno solo de nuestros ojos (poner la mirada sólo en Dios, y no tenerla dispersa, como el ballestero que cierra un ojo para apuntar al blanco) hiere el corazón del Señor; y con uno solo de nuestros cabellos le atamos (imagen que traduce como el pensamiento recogido y atento, que conserva este amor para que no se pierda).

Este Dios herido de amor por los hombres quiere despertar en ellos la confianza de poder alcanzarle, y para eso “se hace uno de ellos” en el seno de María.

Este Dios que viene sólo pide que el alma suspire por él; que, confesando sus pecados, le quiera y le reciba. Pero podemos perder tanto bien, por “pereza”, “ceguedad” o “sueño”. Esta pérdida –no recibirle- es responsabilidad nuestra, pues contamos con la promesa de que “todo el que busca halla, y al que pide que le darán, y al que llama que le abrirán” (Mt 7,7).

La clave para vivir esta oración está en examinar nuestro deseo, avivarlo; descubrir lo que nos distrae o aparta de él (que nos impediría vivir el Adviento). Sólo se despierta este deseo si se considera Quién viene.

Para hacer silencio repetimos despacio en nuestro interior:
– Maranatha. Ven, Señor Jesús.
– A ti, Señor, levanto mi alma.

Texto

Marana tha de amapolas en verdes, de Teresa Peña Habiendo Dios venido a curarnos, ¿hémonos de quedar enfermos? Estando a la puerta de nuestro corazón llamando y diciendo: Ábreme, amiga mía, esposa mía (Cant 5,2), ¿dejarle hemos estar llamando, envueltos en nuestras vanidades, y no salirle a abrir?

Ánima mía, ven acá y dime, de parte de Dios te lo pido, ¿qué es aquello que te detiene de no ir toda y con todas tus fuerzas tras Dios? ¿Qué amas, si a este tu Esposo no amas? ¿Y por qué no amas mucho a quien mucho te amó? […] ¿Adónde estás cuando en Jesucristo no estás? ¿Qué piensas? ¿Qué estimas? ¿Qué buscas fuera del único y cumplido bien?

Levantémonos, señora, ya, y rompamos este mal sueño. Despertemos, que es de día, pues que Jesucristo, que es luz, ya ha venido; y hagamos obras de día, pues algún tiempo hicimos obras de noche. ¿Oh si tanto nos amargase el tiempo que a Dios no conocimos que nos fuese grandes espuelas para ahora con grande ansia correr tras de Él! ¡Oh si corriésemos! ¡Oh si volásemos! ¡Oh si ardiésemos y nos transformásemos! ¿Qué hace, Señor, la criatura, pues ve a su Criador hecho hombre solamente por amor? ¿Quién nunca oyó amor como éste, que amando uno a otro, se tornase él? Amónos Dios cuando nos hizo a su semejanza, más mucho mayor obra es hacerse Él a imagen del hombre. Abájase a nos para llevarnos consigo, hácese hombre para hacernos dioses, y desciende del cielo para llevarnos allá, y, en fin, murió para darnos vida. ¡Que entre estas cosas esté yo durmiendo y sin agradecimiento a tan grande amor!

Alumbra, Señor, mis ojos para que no duerman en tal muerte (Sal 12,4); y tú que hiciste la merced, danos el sentimiento de ella; que, de otra manera, el mayor bien se me tornará mayor mal. Abre, Señor, mis ojos para que te consideren descender del seno del Padre y entrar en el de la Virgen Madre; y agradeciéndotelo mucho, humílleme yo por ti. Véate yo en un pesebre por cama, llorando con frío y fatigado con pobreza, y aprenda yo a desechar el regalo por ti; suenen tus lágrimas en mis orejas, para que se ablande mi ánima y se te dé como cera a todo lo que tú quieres. Y no permitas tú que llore Dios y no le sienta el hombre; que no sé cuál de estas dos cosas me maravillaría más. […]

Ea, señora, aparéjese esas entrañas, que viene Dios a nacer y no tiene casa ni cama; téngalas muy encendidas de amor, porque el Niño ha mucho frío. Y si las tiene tibias, con el frío del Niño las calentará; porque mientras más frío padece por nos, más amor enseña tenernos, y donde más amado me veo, allí debo más amor. […] Apareje, señora, cuna para dormirlo, que es sosiego de contemplación. Y mire que lo trate y cure bien, que es Hijo de alto Rey; Hijo es de virgen y en virginales corazones reposa de buena gana. […] Y porque tiene muchos parientes pobres, y quien a Él quiere, también ha de querer a ellos, tienda vuestra merced la mano para les dar, porque son hermanos del Criador.
Y después de nacido en ella, guárdelo bien.

Comentario

Este texto parte del amor de Dios y nos invita a plantearnos nuestra respuesta. Tiene un inicio esponsal: Dios a la puerta de nuestro corazón, llamándonos, pidiendo que le abramos, con palabras de amigo y de esposo. Dios que viene “a curarnos”.

Los interrogantes que siguen a continuación nos interpelan. Juan de Ávila no pregunta directamente a la destinataria de esta carta, sino que introduce en ella un diálogo con su propia alma –“ánima mía”-, es decir, se sitúa él mismo compartiendo estos interrogantes, con su destinataria y, en realidad, con toda la humanidad. De ahí que podamos leer y orar esta carta tanto en un nivel profundamente personal como en un plano de comunión con toda la humanidad: todos (cada uno y juntos) somos esa “criatura” amada hasta el extremo por su “Creador”.

El Adviento es el tiempo que nos hace descubrir que no hay nada más importante que este Dios que nos ama y viene a nosotros, que no hay nada más importante que ir a su encuentro, que corresponder a su amor. Estas preguntas que nos plantea Juan de Ávila tienen la finalidad de re-centrarnos en este encuentro esencial con Dios que viene: ¿qué me detiene?, ¿qué amo, qué busco, qué estimo fuera de él?

A continuación estalla el grito del Adviento: ¡Levántate!, ¡despierta!, ¡haz las obras de la luz! ¡corre! Y nos llama a valorar el hecho de conocer a Dios: un conocimiento que marca un antes y un después, en un contraste que tiene que actuar como unas espuelas en nuestra carrera hacia Dios. ¿Por qué? ¿Por qué es esto tan importante? ¿Por qué el cristiano no puede pasar por el Adviento (y toda la vida lo es) con una actitud corriente, ordinaria? Porque la “noticia” del Adviento lo cambia todo: ¡nuestro Creador hecho hombre solamente por amor! Hay que saborear la novedad de este misterio. Y las palabras de Juan de Ávila quieren despertarnos a ella: al asombro, la sorpresa, la adoración: ¡el admirable intercambio que se realiza en la Encarnación del Señor!

Pero percibir esta novedad es un don de Dios, que hay que pedir. Nos dormimos en el sueño de las cosas, las vanidades, las preocupaciones, agobios, inquietudes…, incluso la costumbre religiosa. Por eso hay que pedir el don de la contemplación de estos misterios: detenernos en contemplar la Encarnación, dejarnos conducir a la Navidad, admirarnos, agradecer este amor inaudito…, aprender de este misterio, dejar que nos cambie la vida, dejar que toque nuestro corazón, dejar que nos mueva a la entrega…, todo esto, es un don de Dios, del Dios que alumbra los ojos de nuestro corazón, para darnos a conocer y sentir la gracia que nos ha hecho.

La carta termina con una exhortación a preparar nuestro espíritu, “aparejar las entrañas”, hacer de nuestro interior una verdadera “cuna para Dios”. El frío del Niño que nace, que simboliza la falta de posada, de acogida, nos revela lo grande que es su amor: cuanto más frío, más valor tiene su venida, su afán de acercamiento, su abrazo con la humanidad, su iniciativa salvadora. Su pobreza le hace hermano de todos los pobres de la tierra: quien quiera quererle a él, ha de querer a sus hermanos.

…Y después de nacido, “guárdelo bien”. ¡No despreciemos el don de la gracia!

Palabra de Dios

Proponemos dos textos, para insertarlos en el itinerario oracional cuyas pautas ofrecemos a continuación.

Para la primera parte de nuestra oración:
Del Cantar de los cantares, 5,2

(se puede continuar la lectura de todo este Quinto poema del Cantar 5,2-6,3 con el sentido de llamada, respuesta, búsqueda):

Yo dormía, pero mi corazón velaba.
¡Un rumor…! Mi amado llama:
“Ábreme, hermana mía, amada mía,
mi paloma sin tacha;
que mi cabeza está cubierta de rocío,
mis rizos del relente de la noche”.

Para la contemplación de la Encarnación:
Lc 1, 20-38: 


En el mes sexto, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. El ángel, entrando en su presencia, dijo: “alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”. Ella se turbó grandemente ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquel. El ángel le dijo: “No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y lo pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin”. Y María dijo al ángel: “¿Cómo será eso, pues no conozco varón?”. El ángel le contestó: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios. También tu pariente Isabel ha concebido un hijo en su vejez, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible”. María contestó: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”.
Y el ángel se retiró.

Itineario de oración

Nuestra primera invocación -¡Ven, Señor Jesús!- nos ayudará a entrar en nuestro corazón, comprobar la sinceridad de tal invocación, y ahondar en nuestro deseo de Dios.

1. Deseo a Dios, busco a Dios, escucho su llamada, suplico

Al ponerme en presencia de Dios, puedo imaginar al Señor llamando a mi puerta, como el Esposo del Cantar (Cant 5,2). Viene a nacer en mi corazón, a alumbrar en mí una realidad nueva, para sacarme de las tinieblas y encaminar mis pasos por el sendero de la paz (Lc 1,79).

¿Cuál es mi actitud ante su venida?

  • ¿Estoy en búsqueda?; ¿deseo que venga a mi vida?
  • ¿Qué me detiene para ir hacia él, para abrirle mi corazón y recibirle en él?
    • ¿Me siento perezoso, ciego o dormido?
    • O por el contrario, ¿quiero atrapar una experiencia que es ante todo un don?
    • Me hago las mismas preguntas que formula el Maestro: “Anima mía… ¿Adónde estás cuando en Jesucristo no estás? ¿Qué piensas? ¿Qué estimas? ¿Qué buscas fuera del único y cumplido bien?”

Puedo meditar estos mismos interrogantes en clave de comunión: ¿cómo está la humanidad (mi entorno, la sociedad en la que vivo y la familia humana en su totalidad) necesitada, cerrada o abierta…, ante la venida de Dios a los hombres? Dios viene, viene siempre, en cada instante, en las personas y los acontecimientos…

Consciente del don de su venida, suplico: “Alumbra, Señor, mis ojos para que no duerman en tal muerte (Sal 12,4)”. Lo pido intensamente (para mí, para la humanidad entera); puedo repetir estas palabras, de tal modo que se ahonde mi deseo de Dios, cada vez más consciente de mi necesidad y de su don.

2. Entro en el espíritu del Adviento

“Tú que hiciste la merced, danos el sentimiento de ella”.

¿Cuál es la gran noticia del Adviento? En el centro de este itinerario de oración ha de estar la contemplación del misterio que el Adviento nos anuncia: Quién viene. ¿Qué significa para mí que Jesús haya venido? Es necesario considerar esto, percibir la relación que existe entre el misterio de la Encarnación, el acontecimiento de la Navidad, y mi propia vida. ¿Es para mí un simple recuerdo de algo que pasó, o es un hecho tan grande que es capaz de cambiar mi presente?…, porque “hácese hombre para hacernos dioses, desciende del cielo para llevarnos allá, y, en fin, murió para darnos vida”. Es necesario ahondar en esta misteriosa vinculación entre el Dios que nace Niño y mi propia realidad (y la de todos los hombres)

Puedo releer el texto de Juan de Ávila para…

  • despertarme: ¿percibo el contraste con el tiempo que no conocí a Dios?
  • asombrarme: al ver “a nuestro Creador hecho hombre solamente por amor”
  • adorar: “Abre, Señor, mis ojos para que te consideren descender del seno del Padre y entrar en el de la Virgen Madre”.

Con este clima interior, contemplo el misterio de la Encarnación: Lc 1, 20-38.

3. Me dispongo a recibir al Señor

“Ea, señora, aparéjese esas entrañas, que viene Dios a nacer”.

Lo primero es “agradecérselo mucho”: sentirme querido, inmensamente amado, por un Dios que viene, que amándome, se torna uno como yo. ¡Locura de amor!

La Navidad está cerca. ¿Qué me pide el Señor? Puedo mirar cómo nace, para descubrir cómo ha de ser mi cuna:

  • en un pesebre…, “sin casa ni cama”…, pobre.
  • pasa frío…, “padece por amor”, sufre el frío de nuestros corazones.
  • llora…, “no permitas tú que llore Dios y no lo sienta el hombre”.
  • “Tiene muchos parientes pobres, y quien a Él quiere, también ha de querer a ellos”

Mirándole descubriré el Adviento que Dios quiere para mí, para nosotros, para la humanidad.

El final de la oración sigue siendo el agradecimiento, acompañado de las obras de la luz.

Oración

Guardando el silencio, contemplamos la Anunciación con este poema de José Luis Martín Descalzo, titulado “El día del ángel”, en Apócrifo de María.

I
Y cuando menos lo esperaba,
ocurrió. Y todo
fue tan sencillo
que no hay nada que decir ni contar.
Era, sí, el mediodía.
El cielo estaba tenso como un mar sin orillas
y no es que el aire fuera transparente
es que era todo él como el interior de un lirio.
Y yo estaba allí,
suspendida en la luz,
sostenida por la mano de aquel a quien rezaba.
¿Rezar? ¡Ah, qué simple!
Bastaba con respirar para hablarle,
el correr de los ríos de mi sangre era un salmo
y el corazón, latiendo, sonaba como los timbales
del templo de Jerusalén.
Y todo sin prodigios
como maduran las frutas de los árboles.

II
Y él vino entonces.
No sé muy bien si estuvo fuera o sólo lo vi dentro.
Sé que estuvo
y oí su voz como se escucha el viento.
¿Cómo era? decís. ¿Y yo qué sé?
No hay puntos de comparación.
No era un hombre, era más.
¿Era una fruta que al mismo tiempo es pájaro? No, era más, era más.
¿Era un atardecer en el que estuvieran, además, todas las estrellas? No, era más, era más.
¿Era un relámpago vestido de sumo sacerdote? Era más, mucho más.
Era la suma de las sumas,
el mensajero de la multiplicación de las multiplicaciones.

III
Y habló.
Y dijo palabras
que iban cayendo sobre mí como goterones de plomo derretido.
Palabras que no sabría repetir
pero que me empujaban a una gran locura.
Yo tendría que crecer y crecer.
Desde arriba me estirarían el alma
porque el que iba a venir
era tan diminuto y tan grande
que sólo cabría en mí y en todo el universo.
Y todo aquello -¡qué bien lo entendí entonces!-
se haría con risas y con sangre.
El alma no crece como se estira la masa del pan en la tahona,
crece desgarrándose
estirando el corazón con los siete caballos del misterio.
Creces sin entender
y empiezas a no ser lo que tú eras.
Sabes que Alguien será tu hijo,
pero nunca sabrás quién es ese alguien
y empiezas a sospechar
que este primer parto feliz
es tan sólo el ensayo de otro más sangriento.

IV
Pero ¿cómo decirle “no”?
¿Cómo negarle al sol su derecho a ser luz e iluminar?
¿Cómo regatear con Él,
ponerle condiciones,
pedirle garantías?
El amor es así: elegir sin elección.

Y “hágase” le dije.
Y recuerdo que el ángel sonrió
como si acabase de quitarle un gran peso de encima,
como si ahora pudiera ya atreverse a regresar al cielo.
Y un pájaro cruzó tras la ventana.
Y la tarde se puso como si el sol sangrase.
Y el aire se llenó de campanillas
como si el mismo Dios estuviera contento.