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Orar el acompañamiento espiritual - Instituto Secular Siervas Seglares de Jesucristo Sacerdote
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Orar el acompañamiento espiritual



ORAR EL ACOMPAÑAMIENTO ESPIRITUAL QUE RECIBIMOS O QUE EJERCEMOS

María Jesús Fernández Cordero

SAN JUAN DE ÁVILA, Carta 1. A un predicador, en Obras Completas, T. IV: Epistolario, BAC, Madrid 2003.

 

Presentación

El texto que ofrecemos es un fragmento de la Carta 1 del Epistolario de San Juan de Ávila. Sabemos que el destinatario de esta carta fue Fr. Luis de Granada, “cuando comenzaba a predicar”, y que se puede fechar hacia 1544. El Maestro Ávila, ya experimentado, se dirige, pues, “a un predicador” que se inicia, a alguien que ha recibido un “nuevo llamamiento” para una misión que él define, de un modo amplio y profundo, con estas palabras: “nuestro Señor lo ha llamado para engendrarle hijos a gloria suya”. Estamos, pues, en el ámbito del ministerio de la palabra, de la transmisión de la fe, de la referencia testimonial para otras personas.

Para comprender este fragmento hay que tener en cuenta que Ávila acaba de recomendar a su destinatario “que no se amortigüe en el espíritu de hijo para con Dios, Padre común, y en el espíritu de Padre para con los que Dios le diere por hijos”. La carta trata de una paternidad espiritual, de un engendrar hijos en la fe, que ha de realizarse desde el espíritu de filiación respecto de Dios –y por tanto de fraternidad con todos en el Padre común- y que, además, es descrita en términos también femeninos, pues “los trabajos de criar los hijos” sólo se pueden llevar con “corazón de padre o madre”. El acompañamiento espiritual se sitúa en esta perspectiva de engendramiento: “no basta para un buen padre engendrar él y dar la carga de educación a otro; mas con perseverante amor sufrir todos los trabajos que en criarlos se pasan”.

Se trata de una relación, un nacimiento y un crecimiento espirituales, no carnales. Se trata de una participación en el amor de Dios, un amor “que Él pone en un hijo suyo con otros hombres”. El autor se dirige a un predicador, sacerdote, religioso. Sin embargo, sus consejos se pueden aplicar a todo proceso de transmisión de la fe (incluso entre padres e hijos), siempre que se tenga claro que estamos ante un proceso de fe y en el nivel de un amor espiritual (según Dios). La iniciativa divina se refleja casi sacramentalmente en esta relación, pues Dios pone en el corazón de quien engendra en la fe un amor tal para con sus “hijos” que “ámalos aunque sea desamado; búscales la vida aunque ellos le busquen la muerte…. Más fuerte es Dios que el pecado; y por eso mayor amor pone a los espirituales padres que el pecado puede poner desamor a los hijos malos”. Es decir, un amor fiel, también cuando recibe desamor y daño.

El texto se entiende desde la siguiente clave: la opción por la madurez espiritual de aquellos que son acompañados en el proceso de fe.

Para hacer silencio repetimos despacio en nuestro interior
“Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad” (Sal 40 [39], 8)

Texto

Razón es que diga a vuestra reverencia algunos avisos que debe guardar con ellos [con sus hijos espirituales], los cuales no son sino sacados de la experiencia de yerros que yo he hecho; querría que bastase haber yo errado para que ninguno errase, y con esto daría yo por bien empleados mis yerros.

Sea el primero que no se dé a ellos cuanto ellos quisieren, porque a cabo de poco tiempo hallará su ánima seca, como la madre que se le han secado los pechos con que amamantaba sus hijos. No los enseñe a estar del todo colgados de la boca del padre; mas si vinieren muchas veces, mándeles ir a hablar con Dios en la oración aquel tiempo que allí habían de estar. Y tenga por cierto que muchos de éstos que frecuentan la presencia de sus espirituales padres, no tienen más raíz en el bien de cuanto están allí oyendo, y más es un deleite humano que toman en estar con quien aman y oyen hablar, que en estar tomando cebo con que crezcan en la vida espiritual. Y de aquí es que no crecen más un día que otro, porque piensan que todo lo ha de hacer el padre hablando; y así hacen perder el aprovechamiento a su padre y no crecen ellos cosa alguna.

Tienen también esta condición: que en cualquier tribulación que les venga, luego corren a sus padres todos turbados, porque ninguna fuerza tienen en sí; y aunque el padre no deba faltar en tales tiempos, mas decirles que vayan delante nuestro Señor, y se le representen con aquella pena, porque no pierdan tal tiempo de comunicación con Él, que es el mejor de los tiempos; y para que le oigan con atención les envía Dios la pena, no para que se vayan a consolar con los hombres y pierdan las grandes lumbres y aprovechamientos que Dios suele dar al que acorre a Él en el tiempo de las tribulaciones.

La suma de esto es que les enseñe a andar poco a poco sin ayo, para que no estén siempre flojos y regalados, mas tengan algún nervio de virtud; y no se dé él tanto a otros, que pierda su recogimiento y pesebre de Dios; porque más provecho hará con hablar un poco, si sale de corazón encendido, que con derramar palabras frías acá y acullá. El medio en esto pídalo a su conciencia, mirando que no se enfríe; y lo que mejor es, pídalo al soberano Maestro que se lo enseñe por el espíritu suyo.

Comentario

San Juan de Ávila concibe el acompañamiento espiritual como un proceso de mediación capaz de despertar la experiencia de Dios y de conducir a la madurez en la fe y a la libertad de los hijos de Dios. Los “avisos” que da –advertencias, llamadas a la vigilancia- declara haberlos aprendido en carne propia; nacen, pues, de la sabiduría que da la experiencia.

La primera advertencia consiste en no confundir la entrega con dar gusto a las demandas de los destinatarios de la misión, ni confundirla tampoco con el activismo que aparta de la relación con Dios cuando tiene que ser mediación del encuentro con Él. Esta advertencia se recoge de nuevo al final del fragmento, invitando a la calidad en el ministerio, en la misión, puesto que se trata del bien –“provecho”- de los demás, y éste sólo se puede transmitir si ha sido antes acogido como tal en el propio corazón. La conciencia, iluminada por el espíritu en la oración, será la guía para hallar ese “medio” entre el cuidado –no reserva- y la entrega, la verdadera caridad que actúa desde Dios y no busca satisfacciones propias ni ajenas.

Dentro de este mismo “aviso”, introduce un aspecto importante: la relación ¿se orienta a la libertad o a la dependencia? ¿Existe una opción clara, consciente y fiel por el crecimiento y la madurez espiritual del acompañado? ¿Existe en éste una auténtica búsqueda de Dios? Lo que une a ambos en esta relación es Dios mismo; por tanto, el deterioro de lo que debe ser el acompañamiento procede del olvido de Dios en uno o en ambos miembros de esa relación. El acompañante puede suplantar a Dios: gozar con la dependencia de él que muestran sus “hijos”, creer que todo depende de sí, e impedir con ello la acción de Dios. El acompañado puede quedarse prendido en la relación y no buscar a Dios mismo, caer en dependencias psicológicas, afectivas, demandar y acaparar atención y exclusividad. En ambos casos, el desvío aparece como engaño, pues se presenta bajo capa de bien: la de una entrega apostólica grande, la de una búsqueda religiosa, respectivamente. De ahí la recomendación continua de cuidar la relación con Dios y de enviar a la relación con Dios. Juan de Ávila cree en una mediación que nunca suplanta este encuentro: es a Dios a quien hay que buscar, a quien hay que oír, y quien hace crecer. La dependencia, la falta de crecimiento, de madurez y de libertad, conducen a un tipo de cristiano afecto al clericalismo y débil en la virtud, incapaz de asumir sacrificios y esfuerzos por el Reino ni de vivir cristianamente las “tribulaciones” que depara la vida. Por el contrario, cuando el acompañamiento está presidido por Dios y su acción es recibida y acogida, se produce el fortalecimiento en la virtud, el seguimiento del único Pastor, y el avance hacia la libertad de los hijos de Dios. Sólo quien realiza este proceso podrá llegar a ser un hijo adulto, que, a su vez, engendre hijos en la fe. De lo contrario, el proceso de infantilización, dependencia e inmadurez, conduce a la esterilidad en la transmisión de la fe.

Lo dicho vale para los acompañamientos individualizados y grupales, para la orientación pastoral comunitaria y para las relaciones al interior de las comunidades cristianas, así como para cualquier proceso evangelizador.

Palabra de Dios

Mt 23,8-11
Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar maestro, porque uno solo es vuestro maestro y todos vosotros sois hermanos.
Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre, el del cielo.
No os dejéis llamar jefes, porque uno solo es vuestro Señor, Cristo.
El primero entre vosotros será vuestro servidor.
El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.

Para la meditación e interiorización

Desde “ser acompañado”:

Dejamos aflorar en nuestro corazón el agradecimiento a Dios por las personas que han sido para nosotros apóstoles, testigos, padres, acompañantes en la fe.

    • ¿Qué significa para mí ser acompañado por otro en mi itinerario de fe?
    • ¿Qué busco? Mi intención última al compartir mi camino ¿es avanzar hacia el encuentro con Dios y el cumplimiento de su voluntad?

Tomando un poco de perspectiva, me veo recorriendo un camino de fe.

    • ¿Mi actitud es puramente receptiva y pienso que “todo lo ha de hacer el padre hablando”, o asumo mi responsabilidad en el camino?
    • Los pasos que doy y las opciones que tomo ¿son auténticamente míos, realizados con plena libertad, aunque cuenten con la mediación eclesial?
    • ¿Me siento estancado, alimentando prácticas religiosas, cultivando lugares donde me siento cómodo? ¿por qué?
    • ¿Voy notando en mí alguna “raíz en el bien” a partir de aquello que recibo? ¿en qué he crecido?
    • ¿Cómo reacciono en las tribulaciones?

Desde “ser acompañante”:

Recuerdo y actualizo el “llamamiento” recibido para la misión, desde el agradecimiento por la confianza que Dios tiene en mí y la conciencia de mi pequeñez.

Tomo perspectiva y reconozco la presencia de Dios en la misión, en el acompañamiento a los demás, en cada encuentro, en cada persona. Reviso estos procesos desde aquello a lo que el texto me haya llamado:

    • ¿Mantengo viva mi relación con Dios? ¿me puede el activismo?
    • ¿Qué busco, cuál es la intención más profunda cuando acompaño a alguien?
    • ¿Estoy atento a dejar espacio a Dios en mí, en el encuentro, y en el otro? ¿me sitúo como mediador?
    • ¿Fomento la libertad o la dependencia? ¿mantengo una sana libertad de espíritu y ayudo a descubrirla?
    • ¿Las personas a las que acompaño van creciendo en la fe, teniendo una experiencia personal de Dios y profundizando en ella, o “no crecen más un día que otro”? ¿Por qué?
    • ¿Cómo acompaño en las tribulaciones? ¿permanezco cercano, pero reconociendo que el Consolador es Dios?

Oración

De Florentino Ulibarri, Al viento del Espíritu

Gracias, Señor, por tu obra en nosotros

Gracias, Señor,
porque podemos ser fuertes,
porque podemos ser sinceros,
porque podemos ser tiernos sin avergonzarnos,
porque podemos compartir nuestra vida.

Gracias, Señor,
porque somos alegres,
porque somos débiles,
porque somos capaces de tener amigos,
porque somos diferentes.

Gracias, Señor,
porque nos quieres libres,
porque nos das responsabilidades,
porque nos sueñas adultos en tus planes,
porque nos amas tal como somos.

Gracias, Señor,
por la vida que nos das,
por las dificultades que nos curten,
por los triunfos que nos animan,
por el camino recorrido y lo que nos queda.

Gracias, Señor,
porque así podemos hacer un mundo de personas
libres, iguales y hermanas.