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No mirarnos a solas - Instituto Secular Siervas Seglares de Jesucristo Sacerdote
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No mirarnos a solas

“NO MIRARNOS A SOLAS”
ORAR PARA CRECER EN LA EXPERIENCIA DE LA GRACIA

María Jesús Fernández Cordero

SAN JUAN DE ÁVILA, Carta 44: A una señora afligida con trabajos corporales y tristezas espirituales, en Obras Completas, t. IV., BAC, Madrid 2003, pp. 225-233.

 


Presentación

Por Fr. Luis de Granada, sabemos que ésta fue una de las muchas cartas que Juan de Ávila escribió a doña Leonor de Inestrosa. Esta mujer, casada con don Tello de Aguilar, le acogió en su casa en Écija, en los tiempos en que él comenzaba su apostolado en Andalucía, y asistió a los encuentros en los que enseñaba la práctica de la oración mental. Fue una de las primeras discípulas del Maestro. Fray Luis la conoció bien, pues la acompañó en la muerte de una hija de once o doce años, y él nos dice que era “muy temerosa de conciencia” y que, aunque sabía y decía “que nuestro Señor la amaba, dudaba ella de su amor para con Él”. Las cartas que Juan de Ávila le dirigió iban orientadas a aumentar en ella la confianza en Dios.

Después de un saludo en la paz del Señor, Ávila identifica las tribulaciones de doña Leonor como provenientes de los trabajos del cuerpo y de un “ánima llena de desconsuelos”. Desearía que Dios le regalase a alguien que supiera transmitirle el bien que es Jesucristo, porque así saldría de tales “desconsolaciones”. Y afirma con fuerza:

«No hay ánima que tan desconsolada esté, que la nueva alegre de quién es Jesucristo no baste a levantarla de la tristeza y desconfianza y henchirla de gozo, si de ella se quisiere aprovechar.»

Ésta es la clave principal de lectura de la carta y del fragmento que aquí ofrecemos. Jesucristo es tal que en sí mismo constituye la buena noticia: una “nueva alegre”, una “novedad” que hay que recibir. Frente a la actitud de quienes consideran esto como ya sabido, frente a un cristianismo teórico de verdades conocidas intelectualmente, o apático e insensible a la novedad de su presencia, Juan de Ávila recuerda la frescura de la noticia primera: el “gozo grande” que el ángel anunció a los pastores (Lc 2,10) y el testimonio que el Señor dio de sí mismo cuando proclamó la lectura de Isaías en la sinagoga de Nazaret (Lc 4,18): “El espíritu del Señor está sobre mí, porque me ungió y me envió a dar buenas nuevas a los pobres…” Las heridas del alma sólo se curan cuando ésta se abre a la presencia siempre nueva de Cristo y, con ello, a su acción resucitadora.

Una segunda clave de lectura hay que tener en cuenta: la de conjunción entre la gracia y las obras. Se trata de un tema muy sensible en el siglo XVI: el siglo de Lutero y del concilio de Trento, con su decreto sobre la justificación. Juan de Ávila es aquí valiente, pues es probable que escriba esta carta antes del Concilio (y, por tanto, de su clarificación dogmática) y lo hace no sólo manteniendo una línea plenamente ortodoxa, sino poniendo el acento –como era necesario en este caso- en la acción de la gracia (arriesgándose a ser sospechoso de luteranismo, en esta complicada época). Sería un error creer que el cristianismo de nuestro tiempo no vive esta dialéctica, pues se trata del misterioso encuentro entre la gracia de Dios y la libertad humana y, por tanto, un tema perenne, aunque se exprese en otros lenguajes. Así describía Juan de Ávila la dificultad de la destinataria de su carta:

«Y por no saberse vuestra merced aprovechar de la consolación que trae esta nueva, viene a ser hollada de la desconsolación que tan demasiadamente la aflige, quitando los ojos de este Señor puesto en cruz, para que todo hombre que con ojos de fe y de amor le mirare, no perezca (Jn 3,15), y poniéndolos en sí misma y en sus obras, que es una vereda tan sin consuelo, que ningún hombre que por ella caminó a solas, puede tener paz ni consuelo.»

Juan de Ávila es un acompañante espiritual exigente, que busca un cristianismo auténtico, con verdadera fidelidad a Dios y obras de servicio y caridad. Pero corrige continuamente la idea de una salvación conquistada por las obras de los hombres. Una religiosidad basada en la acumulación de méritos humanos nos cierra a la experiencia de la gracia. Así es todavía hoy para muchas personas a causa de una formación recibida en esta línea. Pero las palabras de Juan de Ávila que acabamos de transcribir valen también para contrastar, de modo aún más actual, el hombre cerrado a la experiencia trascendente, o abierto a ella. El hombre que camina a solas, mirándose a sí mismo, apoyándose sólo en sus obras, no podrá tener paz ni consuelo. Le es necesario salir de sí y mirar al Señor con ojos de fe y de amor para encontrar la consolación. El cristiano actual está también amenazado de este encerramiento en sí, en su vida propia, con sus logros y sus fracasos, apartando su mirada de Jesús puesto en cruz. El diagnóstico que Ávila hace de las aflicciones de esta mujer es aplicable a muchas angustias y sufrimientos de hoy.

Esta oración nos ofrece, por tanto, una oportunidad para reavivar y fortalecer nuestra débil fe, para crecer en nuestra pequeña fe, alimentándola con la experiencia de la gracia. Ofrece una “alegre nueva” para quien no está recibiendo –por la situación que sea- a Jesucristo en su alma. Una oración para quien necesite “ser levantado de la tristeza y desconfianza”.

Para hacer silencio repetimos despacio en nuestro interior:
¡Señor, Dios nuestro, restáuranos,
que brille tu rostro y nos salve! (Sal 80(79)

Texto

Quien se arrima a cosa tan llena de menguas [uno mismo y sus obras] no puede tener en pie la alegría de la confianza; mas por fuerza ha de ser apretado con angustias y desordenado temor, cotejándose con la ley de Dios y viéndose falto en ella, sin saber adónde arrimarse. […]

Conviene, pues, no mirarnos a solas; mas con mirarnos y llorarnos, alzar los ojos arriba, considerando a Jesucristo nuestro Señor, el cual es tan lleno de misericordia y remedio y de merecimientos para nosotros, que basta y rebasta para consolar y enriquecer a los muy tristes y pobres. Sépalo, señora, y si no lo sabe, que la confianza y consuelo de los cristianos que se desean salvar no ha de estar puesta en sus propias fuerzas ni obras solas, mas en la gracia que nos es dada en las de Jesucristo, que por su infinita bondad las quiso comunicar con todos los que con fe y penitencia se sujetaren a Él según dice San Pablo: Que fue hecho causa de salud a todos los que le obedecen (Heb 5,9). Y teniendo tal arrimo en Él como tenemos, estamos tan confiados y sosegados, cuanto es razón que lo estén los que participan de merecimientos de Dios humanado. Porque el negocio de salvarse los hombres más es gracia de Dios por Jesucristo nuestro Señor que fuerza y valor de nuestros trabajos propios. Y más quiere Dios ser glorificado de salvar por gracia que de pagar lo que debe; porque pagar quienquiera lo hace, más darnos su Hijo, y por Él tomarnos por hijos, y darnos el don de su gracia, y como a tales darnos fuerza para servirle como buenos hijos, y como a tales prometernos la herencia, ésta es merced inestimable de Dios, y por tal quiere Él que sea conocida y agradecida.

Y por esto dijo San Pablo que la vida eterna es gracia de Dios (Rom 6,23); porque aunque requieren merecimiento del hombre para entrar en ella, mas éstos no tienen su valor principal de parte del hombre, mas de la gracia del Señor y de ser incorporados en su unigénito Hijo, lo cual no es en alabanza del hombre, mas en la de Dios y su gracia. Porque una cosa es herencia que se da a hijos que obedecen y sirven con amor a su padre, y otra es jornal que se da al extranjero, teniendo cuenta con el valor sólo de sus trabajos. Y lo que nosotros esperamos, herencia es; y aunque se ha de ganar con buenas obras, y por eso se puede llamar jornal, mas no se han de hacer con ánimo de jornalero interesal y extraño, mas de hijo, que con amor sirve a su padre, cuyos servicios más son galardonados por ser servicios de hijo que sudores de jornalero.

[…] ¡Qué mayor novedad pudo ser que hacerse Dios hombre y ser pobre y cansarse el que es riqueza y descanso del cielo y la tierra! ¡Qué mayor novedad que morir el que es vida! De las cuales obras nuevas y amor nunca visto ni oído salen para con los hombres tales efectos de misericordia, que es mucha justicia que alabemos ya al Señor con todas nuestras fuerzas con nombres de amador y de lleno de misericordia, con más frecuencia que con nombre de sabio, ni fuerte, ni justo. Y no es pequeño consuelo para los que son flacos en su servicio pensar que Él es tan rico en amor y misericordia (cf. Ef 2,4), que nos sufre y ama, aunque nosotros no le respondamos tan por entero como era razón.

Comentario

Para comprender las primeras expresiones del texto, nos ayuda considerar brevemente una palabra: “arrimarse”. El Diccionario de Autoridades (ed. 1726) nos ofrece dos acepciones próximas al uso que este término tendría en tiempo de Juan de Ávila: «Apoyarse, o estribar sobre alguna cosa, como para descansar sobre ella por estar fatigado o no poderse tener»; «metafóricamente es allegarse a alguno, valerse de su patrocinio y autoridad para aprovecharse de su favor y amparo». Juan de Ávila nos advierte que, quien cuenta sólo consigo mismo, no hallará descanso en su debilidad, pues se apoya en la misma debilidad; no podrá “tener en pie la alegría de la confianza”, pues apoya su confianza en lo mismo que le da motivos para que se derrumbe. La perspectiva no es sólo antropológica, sino también religiosa: quien reduce la experiencia religiosa a la moral, quien atiende sólo “la ley” –siendo incluso “la ley de Dios”-, pero no cuenta con Dios mismo, caerá en “angustias y desordenado temor” (distinto del santo temor de Dios), se verá sin “favor y amparo”, porque se ha alejado del único que puede ser –para él y ante Dios- su “favor y amparo”. Es la vieja tentación del pelagianismo y la moderna tentación del hombre hecho a sí mismo.

La recomendación central del Maestro es “no mirarnos a solas; mas con mirarnos y llorarnos, alzar los ojos arriba, considerando a Jesucristo nuestro Señor”. Ávila no renuncia nunca al valor del conocimiento propio, pero éste sólo se da si no se aborda “a solas”, sino a la luz del Señor. Conviene “mirarnos y llorarnos”, es decir, conocer nuestra debilidad y sentir nuestra pequeñez, nuestro pecado, y nuestro frágil y defectuoso obrar; pero nunca quedarnos en nosotros mismos, sino trascendernos, elevar nuestra mirada y posarla en Jesucristo. En él encontraremos la misericordia para con nosotros y la fuente de todo bien, la superabundancia volcada hacia nosotros. Ávila establece con fuerza la alternativa: confiar en nuestras propias fuerzas o confiar en Jesucristo; de ello depende la acogida verdadera de la gracia.

La gracia se convierte en el eje teológico del texto. Apoyarse en las propias obras encierra el orgullo secreto del hombre que cree que Dios le debe algo y se mantiene erguido al modo farisaico delante de Él. Dios no nos paga, no nos debe nada, nos hace “merced”. Una relación con Dios no purificada de las tendencias de intercambio e interés no llega a entrar en el núcleo central del cristianismo: Dios que se nos entrega en el Hijo y nos hace hijos. El contraste entre “la herencia” y “el jornal” ilustra en lenguaje sencillo y familiar la diferente relación con Dios: Él nos hace “hijos”, pero nosotros podemos comportarnos como “extranjeros”; y aunque Ávila no renuncia del todo a la idea de jornal para no dejar las obras humanas fuera de esta relación con Dios, ciertamente sostiene el carácter de “herencia” para el don de Dios –la vida eterna- y resitúa las obras como “servicio” filial y amoroso al Padre.

No puede ser paga alguna por parte de Dios, sino “merced”, “gracia”, la entrega del Hijo y el hacernos hijos, incorporarnos a él y regalarnos “sus merecimientos” para entrar en la vida. A Dios solo –no a nosotros- se debe la gloria y la alabanza. Por eso, la última parte del texto vuelve a insistir en la “novedad” de Cristo y nos invita a contemplar sus “obras nuevas y amor nunca visto ni oído”: su encarnación, su vida de entrega y su muerte es algo a lo que no podemos nunca acostumbrarnos (y si lo hacemos, es que lo hemos perdido de nuestro horizonte vital).

Esta percepción de la novedad de Cristo se convierte en alabanza. Las últimas palabras del texto encierran una invitación –muy significativa en un judeoconverso del siglo XVI- a pasar del Antiguo al Nuevo Testamento: pasar, en la relación con Dios, de la ley a la gracia, supone descubrir el rostro de Dios que revela Jesús. Alabarle como “sabio, fuerte y justo” es hacerlo con el lenguaje bíblico veterotestamentario; el lenguaje propiamente cristiano es el que le alaba por “amador” y “lleno de misericordia”. Cuando el alma llega aquí, realmente se ha sanado su herida inicial, ha dejado atrás la pesadumbre de su vida, la insatisfacción de las obras humanas, los orgullos presuntuosos y las sensaciones de frustración y fracaso. Porque si llega a alabar a Dios de verdad, por su amor y su misericordia, es que sabe ya en el corazón que él “nos sufre y ama, aunque nosotros no le respondamos tan por entero como era razón.”

Palabra de Dios

Heb 4,14-16

Y ya que tenemos un sumo sacerdote eminente que ha penetrado en los cielos, Jesús, el Hijo de Dios, mantengámonos firmes en la fe que profesamos.
Pues no es él un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras flaquezas, sino que las ha experimentado todas, excepto el pecado. Acerquémonos, pues, con confianza al trono de la gracia, a fin de alcanzar misericordia y hallar la gracia de un socorro oportuno.

Ef 2,4-10
Pero Dios, que es rico en misericordia y nos tiene un inmenso amor, aunque estábamos muertos por nuestros pecados, nos volvió a la vida junto con Cristo -¡Por pura gracia habéis sido salvados!-, nos resucitó y nos sentó con él en el cielo. De este modo quiso mostrar a los siglos venideros la excelsa riqueza de su gracia, hecha bondad para con nosotros en Cristo Jesús. Por la gracia, en efecto, habéis sido salvados mediante la fe; y esto no es algo que venga de vosotros, sino que es un don de Dios; no viene de las obras, para que nadie pueda presumir. Somos hechura de Dios, creados en Cristo Jesús para realizar las buenas obras que Dios nos señaló de antemano como norma de conducta.

Para la meditación e interiorización

“No mirarnos a solas”.

Con el Señor, revisamos nuestra relación con él y la vivencia de nuestras obras:

  • ¿Predomina en mí la experiencia de la “ley” o la de la “gracia”?
  • ¿Me siento “hijo” o “extranjero”? ¿Mis obras son servicio de amor, o tan solo busco un jornal?
  • ¿Qué es lo que me impide o me dificulta abrirme a la gratuidad de Dios? Y yo, ¿le sirvo desinteresada y gratuitamente?
  • Mi experiencia, si vivo apoyándome sólo en mí, puede estar siendo:
    • De debilidad, pobreza, falta de fuerzas, cansancio, desaliento, vacío interior…
    • … O de prepotencia y orgullo, si estoy en ese momento en que creo que todo depende de mí y que puedo…, si, aunque sea volcado en el proyecto del Señor, me alejo del Señor del proyecto…

“Alzar los ojos arriba, considerando a Jesucristo nuestro Señor”. Podemos releer despacio el texto de San Juan de Ávila y la Palabra de Dios, detenernos en aquello que más nos ayude y seguir, con libertad, algunas de estas pautas:

  • Con frecuencia, sumergidos en nuestra vida y nuestras obras, olvidamos considerar las obras de Dios que nos construyen y nos salvan, sus “obras nuevas y amor nunca visto ni oído”. Sin embargo, él, lo que él ha hecho y lo que él hace y hará en nosotros (desde la creación hasta la vida eterna junto a él) es lo más valioso de nuestra vida. Puedo detenerme y reconocerlo… hasta quedar maravillado.
  • Esta gracia de Dios volcada hacia nosotros –dándosenos él mismo- constituye «la gran esperanza que sostiene toda la vida» (Benedicto XVI, Spe salvi 27). Puedo orar mirando a Jesús y pedirle la gracia de esta gran esperanza.
  • Necesito vivir con confianza en él en todo aquello que constituye mi presente. Puedo hacer un ejercicio interior de apoyarme en él y no en mí, de abandonarme confiadamente a su amor.

“Alabar al Señor con todas nuestras fuerzas”.

La oración nos lleva a experimentar, de un modo y otro, el amor y la misericordia de Dios. Puedo alabarle, de manera sencilla: Misericordias Domini in aeternum cantabo.

“Somos hechura de Dios, creados en Cristo Jesús para realizar las buenas obras que Dios nos señaló” (Ef 2,10).

¿Cómo percibo mi compromiso por el Reino, mi acción, mi servicio, mis obras…, después de haberlas situado bajo la luz de la gracia, en relación con el amar y el obrar de Dios?

Oración

Florentino Ulibarri, Al viento del Espíritu. Plegarias para nuestro tiempo

Decir Tú
es descentrarme de mi yo,
de mis soledades y ambiciones,
de mis egoísmos y construcciones,
de mis miedos y seguridades.

Decir Tú
es agarrarme al diálogo,
al encuentro, al hallazgo,
a la novedad que trae vida
y que recrea todo lo que comparto.

Decir Tú
es jugar a las claridades,
a dar nombres y sentirme nombrado,
a tener comunidad e intuir trinidades,
a bañarme en tus realidades.

Decir Tú
es romper círculos y prisiones,
prenderme a tus alas para vivir libertades,
llamar tu atención osadamente
y reconocer que me quieres e intento quererte.
Tú…