Área privada

Síguenos

Confiad, yo he vencido al mundo - Instituto Secular Siervas Seglares de Jesucristo Sacerdote
754
page-template,page-template-nouveau,page-template-full_width,page-template-nouveaufull_width-php,page,page-id-754,page-child,parent-pageid-730,ajax_fade,page_not_loaded,,wpb-js-composer js-comp-ver-5.1.1,vc_non_responsive
 

Confiad, yo he vencido al mundo


CONFIAD, YO HE VENCIDO AL MUNDO

María Jesús Fernández Cordero

SAN JUAN DE ÁVILA, Audi, filia [I], cap. 1, 3-5, en Obras Completas, t. I., BAC, Madrid 2000, pp. 410-411.

 

Presentación

Oramos de nuevo con el tratado Audi, filia, esta vez con un texto procedente de la primera edición (1556), que sería ampliado en la segunda (1574). Nos hemos preguntado ya “¿A quién oímos?”, y en aquella oración nos pudimos introducir un poco en la identificación de los lenguajes del mundo, la carne y el demonio (según la doctrina clásica de los enemigos del alma), que nos apartan de oír el lenguaje de Dios, el lenguaje de la inocencia.

El Audi, filia continúa profundizando en esto, con la intención de ayudar a reconocer la fuerza y seducción de esos lenguajes –sus tentaciones- y ofrecer “remedios” para vencerlos. Se trata, por tanto, de textos que sirven al discernimiento espiritual y, a continuación, nos abren el camino de la liberación, que consiste siempre en una conversión (del oído y de la mirada) a Cristo.

El primero de estos enemigos es el mundo, que habla el lenguaje de “las cosas vanas” y, por tanto, un “lenguaje de confusión y tiniebla”, aunque pueda presentarse con fuerte brillo, poder y seducción. Invitamos a seguir el texto, interiorizarlo, aplicarlo a las situaciones de nuestra vida, y orar haciendo realmente lo que Juan de Ávila nos propone.

Para hacer silencio repetimos despacio en nuestro interior:
Enséñame a seguir tus sendas, Señor;
indícame, mi Dios, tus caminos. [cf. Sal 25 (24)]

Texto

Al lenguaje del mundo no le hemos de oír, porque es todo mentiras, y muy perjudiciales a quien las cree, haciéndole que no siga la verdad que es, sino la mentira que tiene apariencia y se usa. E así engañado echa atrás sus espaldas a Dios y a su santo agradamiento, y ordena su vida por el ciego norte del aplacimiento del mundo. […]

Mas mirad que el mundo malo, a quien no hemos de oír, no es este mundo que vemos y que Dios creó, mas es la ceguedad y maldad y vanidad, que los hombres apartados de Dios inventaron, rigiéndose por su parecer y no por la lumbre y gracia de Dios, siguiendo su voluntad propia y no sujetándose a la de su Criador; y poniendo su amor en las honras y deleites y bienes presentes, siéndoles dados no para pegarse al corazón en ellos, mas para usar de ellos recibiéndolos y sirviendo con ellos al Señor que los dio. Éstos son los mundanos tan miserables que de ellos dice Cristo nuestro Señor: El mundo no puede recibir el espíritu de la verdad (Jn 14,17), porque, si este corazón malo y vano no echa de sí, no podrá recibir la verdad del Señor. Porque es tan grande la contrariedad que hay del uno al otro, que quien de Cristo y de su espíritu quisiere ser, es necesario que no sea del mundo; y quien del mundo quisiere ser, a Cristo ha perdido. […]

Y si el tropel de la humana mentira quisiere cegar o hacer desmallar al caballero cristiano, alce sus ojos al Señor, y pídale fuerzas, y oya sus palabras, que dicen así: Confiad, que yo vencí al mundo (Jn 16,33). Como si dijese: «Antes que yo acá viniese, cosa muy recia era tornarse contra este mundo engañoso y desechar lo que en él florece, abrazar lo que él desecha; mas, después que contra mí puso todas sus fuerzas, inventado nuevos géneros de tormentos y deshonras, los cuales yo sufrí sin volverles el rostro, ya no sólo pareció flaco, pues encontró quien pudo más sufrir que él perseguir, mas aún queda vencido para vuestro provecho, pues, con mi ejemplo que os di y mi fortaleza que os gané, ligeramente lo podéis vencer, sobrepujar y hollar.» Pues mire el cristiano que como los que son del mundo no tienen orejas para escuchar la verdad de Dios, antes la desprecian, así el que es del bando de Cristo no las ha de tener para escuchar las mentiras del mundo, ni curar de ellas, porque ahora halague, ahora persiga, ahora prometa, ahora amenace, ahora espante, ahora parezca blando, en todo se engaña y quiere engañar.

Comentario

Para interpretar bien el texto, no hay que olvidar la distinción que el propio Ávila recuerda entre las dos acepciones de la palabra “mundo”:

  • El mundo visible, la creación, es obra de Dios y participa de su bondad: es el mundo «que los cristianos creen fundado y conservado por el amor del Creador» (Gaudium et spes 2).
  • El mundo “malo” es “la ceguedad, maldad y vanidad” de los hombres en su lejanía de Dios y su rebeldía contra él. Es el mundo en cuanto «esclavizado bajo la servidumbre del pecado» (GS 2).

Es necesario mantener la distinción para no caer en el desprecio de las realidades terrenas, pero también comprender que ambas dimensiones se dan juntas: «el mundo, que los cristianos creen fundado y conservado por el amor del Creador, esclavizado bajo la servidumbre del pecado, pero liberado por Cristo, crucificado y resucitado» (GS 2).

El mundo que el cristiano no debe “oír” es el que ha optado por regirse a sí mismo, por su parecer, y “no por la lumbre y gracia de Dios”. Puesto que Dios es “la verdad”, separado y opuesto a él, este mundo es “mentira”: su lógica es “engañosa”. Su engaño consiste en absolutizar los bienes presentes, las realidades del mundo, otorgándoles un poder al cual se ha de rendir el hombre; incluso considerando que son lo único “real”. Para escapar a esta lógica hay que volver a la verdad del Dios creador, y a la consideración del mundo y sus bienes como criaturas; hay que recuperar el sentido de la vida del hombre, el fin para el que fue creado, su vocación original. Hay que reconocer que todos los bienes le han sido dados al hombre (sentido del don y la gratuidad de la creación) “para usar de ellos recibiéndolos y sirviendo con ellos al Señor que los dio”. Estas palabras y el espíritu que encierran recuerdan el Principio y fundamento de los Ejercicios espirituales de San Ignacio [23].

Este mundo engañoso tiene un lenguaje: “la mentira que tiene apariencia y se usa”; es decir: envolver con apariencias, trastocar el valor de las cosas, ofrecer apariencias de felicidad, de vida, de bien; imponer tales falsos valores como dominantes, lo que todos piensan y hacen, la presión social de unas dinámicas muy generalizadas, de unas estructuras y sistemas fuera de los cuales parece que no existe la vida. Este lenguaje deforma la mirada, la ciega, y hace que la vida se oriente hacia un “norte ciego”: el de agradar a ese mundo, el de entrar en él creyendo que en él está la vida. Por último, este proceso alcanza a la afectividad y al corazón: el hombre “pone su amor” y “pega su corazón” a bienes que, en realidad, no pueden darle la vida para la que fue creado. De este modo, delicado y sutil muchas veces, el hombre se hace “mundano” y su corazón no puede recibir la verdad de Dios. Si se deja arrastrar por esta lógica, aunque lleve el nombre de cristiano, su corazón “ha perdido a Cristo”, al menos en el nivel a que está llamado a vivir.

Juan de Ávila quiere hacernos conscientes del drama de nuestra existencia, quiere enfrentarnos a la radicalidad de las opciones vitales, hacernos conscientes de la fuerza de los lenguajes del mundo. Quiere desenmascarar su “engaño”, para que Dios sea nuestro Dios y las realidades del mundo sean para nosotros lo que son en realidad. Ve al cristiano (utilizando la figura típica en su tiempo del “caballero cristiano”, como Erasmo de Rotterdam o Ignacio de Loyola) en lucha contra estos poderes, contra la “humana mentira” que le puede “cegar” o derribar. Ha de elegir ser “del bando de Cristo”, alusión que recuerda también la Meditación de dos banderas de los Ejercicios [136-147].

¿Cómo hacerlo? ¿Cómo echar de sí ese “corazón vano y malo”? ¿Será por sus propias fuerzas? No. ¿Lo hará Dios sin contar con él? No. Será en la misteriosa unión de la libertad humana y la gracia divina: “alce sus ojos al Señor, y pídale fuerzas, y oiga sus palabras”. Una conversión de la mirada hacia Cristo, una oración intensa consciente de que la fuerza vendrá de Dios, una conversión del oído para escuchar su palabra. Tal es el “remedio” para superar las tentaciones continuas del mundo, para no ser engañados, para dejar de oír y de ser seducidos por sus lenguajes y comenzar a oír y ser seducidos por Dios.

Palabra de Dios

Jn 14, 15-17
Si me amáis, obedeceréis mis mandamientos; y yo rogaré al Padre para que os envíe otro Paráclito, para que esté siempre con vosotros. Es el Espíritu de la verdad que no puede recibir el mundo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis porque vive en vosotros y está en vosotros.

Jn 16, 32-33
Mirad, se acerca la hora, mejor dicho, ha llegado ya, en que cada uno de vosotros se irá a lo suyo y a mí me dejaréis solo. Aunque yo no estoy solo, porque el Padre está conmigo. Os he dicho esto, para que podáis encontrar la paz en vuestra unión conmigo. En el mundo encontraréis dificultades y tendréis que sufrir, pero tened ánimo, yo he vencido al mundo.
Mt 4, 1-11: las tentaciones de Jesús en el desierto.

Para la meditación e interiorización

Invocamos al Espíritu Santo, para que su luz nos permita descubrir aquello en lo que estamos engañados y nos guíe hacia la verdad. Nuestro rato de oración personal tendrá dos partes, siendo la segunda la principal, a la que hemos de dedicar más tiempo, porque en ella reside la transformación del corazón.

1. Serenamente, profundizamos en los “lenguajes del mundo” que nos atrapan: ¿qué bienes, qué honras, qué deleites hacen que dé la espalda a Dios y corra tras ellos?; ¿qué realidades se agigantan para mí hasta el punto de usurpar el lugar de Dios?

Las situaciones pueden ser diversas. Ese “mundo de mentira” puede…

  • halagarme: alimentar mi vanidad, mi orgullo, mi soberbia, incluso bajo capa de bien…;
  • perseguirme: cuando busco ser fiel a Cristo, seguir su Evangelio, buscar la justicia, hacer el bien, defender al oprimido…; persecuciones de palabra y de obra, incomprensiones, maledicencias…;
  • prometerme: éxitos, bienes, prosperidad y comodidad, seguridad, paz,… promesas incluso de cosas buenas en sí…, a cambio de medios y tratos injustos…;
  • amenazarme: …si no sigo sus dictados; ponerme ante pérdidas reales de lo que amo, presionarme para que en mí corazón abandone la dinámica de entrega y busque guardar mi vida…;
  • espantarme: infundirme miedo(s), quebrar mi confianza en Dios…;
  • puede parecer blando: abrirme caminos fáciles, ofrecerme gustos superficiales, falsas alegrías….

Todos estos son sus modos de engañar. ¿En qué trampa estoy tentado de caer?; ¿qué presiones mundanas inclinan hoy mi corazón?

2. “Alce sus ojos al Señor”: en la segunda edición, Juan de Ávila precisa: “alce los ojos a su Señor puesto en cruz”. Una mirada prolongada a Jesús en el camino de su pasión y en la cruz… dejando que su situación ilumine la mía, que su modo de caminar, de vivir, de amar, de entregarse… muestre su contraste con lo que estoy viviendo.

  • “Eligió el Señor muerte en extrema deshonra… porque conoció cuán poderoso tirano es el amor de la honra en el corazón de muchos”.
  • El mundo “pregonó a Jesucristo por malhechor por las calles de Jerusalén”.
  • En su muerte en cruz cayeron sobre él tormentos y dolores, injurias y desprecios.
  • Jesús sufrió todo esto “sin volver el rostro”.

“Pídale fuerzas”: elevo al Señor una súplica intensa y confiada; sólo de él puede venir para mí la luz y la fortaleza, el Espíritu de Dios; la fuerza para vencer toda tentación.

“Oiga sus palabras, que dicen así: Confiad, que yo vencí al mundo”. En el silencio, ante Cristo, reconozco que sólo él es la vida, sólo él es la verdad. El Crucificado, el perseguido y muerto por el pecado del mundo, ha resucitado. Y vive para siempre. En el silencio, dejo que su paz llegue a mí. Le pido que, poco a poco, mi corazón vaya confiando en él, en su victoria, en su promesa. Puedo repetir esta frase como un mantra –“confiad, yo he vencido al mundo”-, y luego quedar en silencio de escucha, con el corazón abierto al espíritu de Jesús.

Oración

Oramos con el Salmo 141 (140)

Señor, te estoy llamando, date prisa,
escucha mi voz cuando te llamo.
Que suba mi oración como incienso ante ti,
que mis manos suplicantes sean como ofrenda vespertina.

Pon, Señor, en mi boca un centinela,
un vigilante a la puerta de mis labios.
No dejes que mi corazón se incline a la maldad,
ni a cometer crímenes y delitos con los malhechores.
¡No, no participaré en sus banquetes!
Que el justo me golpee y me reprenda como amigo,
pero nunca aceptaré los honores del malvado,
ni cesará mi oración contra sus crímenes.

Hacia ti, Señor, se vuelven mis ojos,
en ti me refugio, no me desampares.
Líbrame del lazo que me han puesto,
de la trampa que me han tendido los malhechores.